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Cuando las Buenas Nuevas se Vuelven Malas
(publicado primero en Evangelium,
Vol. 2, Número 2, Mar/Abr 2004)
Traducción de Donald Herrera Terán
Introducción
La palabra “Evangelio” es tan familiar y
se usa tan frecuentemente que es posible perder de vista su
significado genuino, “buenas nuevas.” Este asunto es vital a
medida que enfrentamos una serie de movimientos en nuestras
iglesias que buscan redefinir el significado del Evangelio. En
cada caso se nos está ofreciendo “otro Evangelio” (Gál. 1:6).
Las Buenas Nuevas de Cristo enfrentan una amenaza del mismo
nivel de trascendencia de aquella enfrentada por los cristianos
en Galacia.
¿Qué les Sucedió a estas Buenas Nuevas?
Los padres de la iglesia primitiva
hablaron del Evangelio, pero sus puntos de interés tendían a
enfocarse en la apologética, la Trinidad, la Cristología, el
canon de la Escritura y la iglesia. No era frecuente que el
mensaje del “Evangelio” entre los primeros padres fuese que
Cristo había venido y que la salvación estaba disponible para
aquellos que confiaban en Cristo y se comportaran
apropiadamente. Estas no eran buenas nuevas para los pecadores.
Para el siglo trece el Evangelio de la
gracia se entendía como una transformación progresiva de la vida
moral de una persona. El evangelio equivalía a santificación. Se
pensaba que la gente era moralmente enferma y necesitaba la
inyección de una sustancia médica llamada gracia. En este
esquema, uno es tanto justificado como santificado, y la
santificación llega al cooperar con esta medicina (gracia)
recibida en los sacramentos. Su Evangelio exclamaba: “la
salvación está disponible para aquellos que cooperan con la
gracia y obedecen la Ley.” Estas eran más malas nuevas para los
pecadores. En lugar de la justicia perfecta de Cristo obtenida
para nosotros, nos quedamos con una justicia parcial obrada en
nosotros.
La Reforma de las Buenas Nuevas
En contraste, Martín Lutero y Juan
Calvino creían que la Biblia contenía “dos palabras”: Ley y
Evangelio.
“Ley” describe cualquier cosa en la Escritura que dice, “Haz
esto y vivirás” (Lucas 10:28), mientras que “Evangelio” describe
cualquier cosa que dice, “Consumado es” (Juan 19:30).
“Haz Esto y Vivirás”
La Ley es la firme voluntad moral de
Dios. Esta es la razón por la cual la Confesión de Fe de Westminster (CFW) 19.1 nos recuerda que la Ley de Dios requiere
“una obediencia personal, total, exacta y perpetua” antes y
después de la caída. Esta fue exactamente la doctrina de Moisés
en Deuteronomio 27:26 y de Pablo en Gálatas 3:10: “Maldito sea
el que no permanezca en todas las cosas escritas en el libro de
la Ley, para cumplirlas.”
Los Reformadores pensaban que Dios le
reveló su Ley a Adán en términos de un pacto de obras, “el día
que de él comieres ciertamente morirás” (Gén 2:17). La promesa
implícita a Adán de la bendición eterna estaba condicionada a su
obediencia como representante de toda la humanidad.
En su pecado, Adán quebrantó el pacto de obras y toda la
humanidad cayó con él.
Como resultado, con respecto a la justificación, la Ley es malas
nuevas para los pecadores, acusándonos “de haber pecado
gravemente contra todos los mandamientos de Dios, no habiendo
guardado jamás ninguno de ellos, y estando siempre inclinados a
todo mal” (Catecismo de Heidelberg [CH], 60).
“Consumado Es”
Sin embargo, las Buenas Nuevas son
otra cosa. Es el anuncio de que, por su acto único de
obediencia, Cristo, el Segundo Adán, ha guardado la Ley,
observado el pacto de obras, y hecho un “nuevo pacto” en su
sangre para los pecadores.
El Salvador y Rey Prometido ha venido con su reino y su pacto de
gracia.
Mientras que la Ley dice, “haz,” el Evangelio dice, “¡está
hecho!” Mientras que el pacto de obras dice, “trabaja,” el pacto
de gracia dice, “¡reposa!” Esta es la razón por la cual el
Evangelio son las “buenas nuevas,” puesto que tiene que ver con
nuestra justificación obtenida para nosotros por Cristo y que
nos es ofrecida gratuitamente.
Según el Catecismo de Heidelberg 21,
la fe verdadera cree que “Dios otorga la remisión de pecados, la
justicia y la vida eterna, y eso de pura gracia y solamente por
los méritos de Jesucristo.” Donde la Ley demanda mi obediencia
perfecta, las Buenas Nuevas anuncian y prometen que Cristo ha
cumplido la Ley por mí, ha cancelado la deuda en mi contra y “me
imputa y da la perfecta satisfacción, justicia y santidad de
Cristo como si no hubiera yo tenido, ni cometido algún pecado,
antes bien como si yo mismo hubiera cumplido aquella obediencia
que Cristo cumplió por mí, con tal que yo abrace estas gracias y
beneficios con verdadera fe” (CH 60).
Esto es lo que Escritura quiere dar a
entender con las Buenas Nuevas. En muchos lugares el
nombre para “Buenas Nuevas” se refiere a algo que ha ocurrido
por fuera de mí y que me beneficia.
En otros lugares hemos “proclamar diariamente las Buenas Nuevas”
de la salvación de Dios.
El más famoso de todos los pasajes del Antiguo Testamento es
Isaías 52:7, que dice, “¡Cuán hermosos son sobre los montes los
pies del que trae alegres nuevas, del que anuncia la paz, del
que trae nuevas del bien, del que publica salvación, del que
dice a Sión: «¡Tu Dios reina!»!” (RV95).
Lo que fue prefigurado en las
Escrituras hebreas se muestra con total claridad en el Nuevo
Testamento. El Evangelio es la realización de la salvación del
pueblo de Dios en la vida obediente, muerte, resurrección y
ascensión de nuestro Señor Jesucristo.
En ninguna parte se hace esto más claro que en 1 Corintios
15:1-5. El Evangelio declara que “Cristo murió por nuestros
pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que
resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras…” Es este
mensaje de “locura” (1 Cor 1:18) el que es “poder de Dios para
salvación para todo aquel que cree” (Rom 1:16). El Evangelio no
es que podríamos ser justificados si somos buenos, sino que soy
justificado porque Cristo fue bueno. ¡Esta es la razón por la
cual el Evangelio son buenas nuevas para los pecadores!
¿Qué les Sucedió a las Buenas Nuevas?
Igual que en el tiempo de Pablo, no
todos están satisfechos con el Evangelio de la libre gracia en
Cristo en la actualidad. La iglesia primitiva estuvo tentada a
añadir condiciones al pacto de gracia.
Dijeron, “confía en Cristo por supuesto, pero hay más para estar
en la debida relación con Dios que sólo confiar en Cristo.” Los
oponentes del Evangelio querían redefinir la fe como “confiar y
obedecer.” De modo que Pablo declaró… sabiendo que el hombre no
es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de
Jesucristo, nosotros también hemos creído en Jesucristo, para
ser justificados por la fe de Cristo y no por las obras de la
ley, por cuanto por las obras de la ley nadie será justificado (Gál
2:16).
Los Reformadores aplicaron de manera
correcta este pasaje a su controversia con la iglesia romana.
Roma enseñaba un Evangelio de cooperación con la gracia. Su
definición del Evangelio hace que nuestras obras se vuelvan
parte del proceso de llegar a ser justos para con Dios, lo cual
degrada la obra terminada de Cristo. En contraste, el Apóstol
Pablo argumentó que las Buenas Nuevas declaran que los creyentes
son justificados ahora y que “ahora, pues, ninguna condenación
hay para los que están en Cristo Jesús” (Rom 8:1).
Malas Interpretaciones Comunes
Igual que Roma, aquellos que ofrecen
un falso “Evangelio” de justificación por la gracia por medio de
la fe y la obediencia argumentan que Gálatas 5:6, “la fe que
obra por el amor,” enseña que la verdadera fe existe solo en la
medida en que existe el amor, de modo que uno es tan justificado
como es de santificado. También apelan a Santiago 2:24,
“Vosotros veis, pues, que el hombre es justificado por las
obras, y no solamente por la fe.”
Leído en contexto ha sido claro para
los Protestantes desde principios del siglo dieciséis que Gálatas 5:6 habla no acerca de la justificación, sino de la
santificación o de la vida cristiana. Juan Calvino escribió, “…
ese pasaje es introducido de forma irrelevante con respecto a la
justificación, puesto que Pablo no está considerando allí en qué
sentido la fe o la caridad sirven para justificar al hombre,
sino qué es la perfección cristiana…” Interpretar este pasaje
diciendo que enseña la justificación por la fe y la obediencia
es colocarnos de regreso bajo la Ley. De la misma manera,
Santiago 2:24 debe ser leído a la luz de Santiago 2:14. Santiago
escribe sobre el fruto o evidencia de la fe verdadera. Si uno
“dice” que tiene fe verdadera, pero no tiene evidencia, esa
clase de fe no es genuina. El punto de interés para Santiago no
es cómo somos justos para con Dios sino la evidencia de
la fe verdadera. “Justificado” en Santiago 2:24 no significa
“declarado justo para con Dios,” sino que significa que la
existencia de la fe verdadera es “vindicada.”
Confundiendo el Evangelio con la Membresía
de la Iglesia
Algunos argumentan que el Evangelio no
es que hemos sido declarados justos delante de Dios, sino que
somos miembros de la iglesia. Sostienen que el papel de la fe en
la justificación no es simplemente recibir a Cristo y descansar
en Su justicia, sino cooperar activamente con la gracia para
mantener lo que ya se nos ha dado en el bautismo. Argumentan que
la Biblia enseña una justificación que puede perderse si no
guardamos la ley.
La teología de la Reforma ha sido
siempre pactal, pero este enfoque convierte el pacto de
gracia en un pacto de obras al confundir la Ley con el
Evangelio. En el pacto de gracia somos justificados por la “fe
aparte de las obras de la ley” (Rom 3:28). Si la salvación debe
ser retenida por las obras, ¿cómo es que es de gracia?
¿Cómo pueden los pecadores cooperar lo suficientemente bien?
Es verdad que la salvación sucede en
el contexto de la iglesia visible, de modo que no hay razón para
yuxtaponer lo colectivo y lo personal, pero la Escritura no
habla en ninguna parte de la justificación en términos puramente
colectivos. No todos en la iglesia visible son necesariamente
parte de los elegidos. Muchos en la congregación israelita no se
beneficiaron del pacto de gracia porque no creyeron.
Aunque Esaú era un miembro externo del pacto de gracia, no era
un miembro interno porque no era elegido. No todo miembro de la
congregación visible se halla en realidad unido a Cristo en
proporción de uno a uno, como dicen. Tal perspectiva haría de
Esaú un elegido hasta que perdiera el derecho.
Confundiendo el Evangelio con la Ley
Finalmente, algunos arguyen que puesto
que la Ley hace promesas y que el Evangelio requiere que los
pecadores “obedezcan,” no existe una diferencia real entre la
Ley y el Evangelio.
Es verdad que tanto la Ley como el
Evangelio hacen promesas y demandas. Romanos 2:16 enseña que, de
acuerdo al “Evangelio” de Pablo, Dios “juzga los secretos de los
hombres por medio de Jesucristo” y Romanos 10:16 dice que no
todos han “obedecido” el Evangelio. Sin embargo, en el último
caso, el verbo “obedecer” es definido en el mismo verso como
“creer.” En Romanos 2:16, es evidente que, como en otras partes,
Pablo usa “Evangelio” para referirse en sentido amplio a todo su
mensaje de pecado y salvación, en el que el regreso de Cristo y
el juicio final se hallan apropiadamente incluidos.
Es importante notar que el juicio al que Pablo se refiere en
Romanos 2:16 no está condicionado a mi obediencia perfecta y
perpetua a la Ley de Dios sino que se refiere más bien al pecado
de incredulidad.
Aunque ambos, la Ley y el Evangelio,
tienen mandamientos y promesas, la Ley y el Evangelio tienen
condiciones diferentes. La condición de la Ley (el pacto de
obras) es la obediencia perfecta y perpetua. La condición del
Evangelio (el pacto de gracia) es la fe que confía, i.e.,
descansa en la obra finalizada de Cristo y la recibe. La “obra
de Dios” es “creer en aquel a quien Él ha enviado” (Juan 6:29).
Conclusión
Las Buenas Nuevas es que Cristo ha
obedecido la Ley, ha satisfecho la justa ira de Dios y su
justicia me es libremente acreditada y recibida sólo por la fe.
La Escritura es clara acerca del Evangelio y nos advierte
crudamente acerca del peligro de corromperlo.
Sin embargo, por mucho de la historia cristiana, ha habido
confusión con respecto a las buenas nuevas. Estas se han
convertido en las malas nuevas, de modo que debe ser guardado
con cuidado.
Hemos de ser cuidadosos de no dejar que nadie nos lleve
“cautivos por medio de filosofías y huecas sutilezas basadas en
las tradiciones de los hombres, conforme a elementos del mundo”
(Col. 2:8) especialmente en lo que respecto a las Buenas Nuevas
de la obra de Cristo por los pecadores.
© 2005, Seminario Westminster California
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Juan 1:17; Rom 6:14; 11:6; 2 Cor 3:6; Gál 2:21; 5:4.
Catecismo de Heidelberg (CH) 9; CFW 7.2; Gál 3:12; Oseas
6:7.
Isa 52:7; Mat 4:23; Mar 1:15; CH 19.
E.g. 2 Sam 4:10; 18:20, 22, 25, 27; 2 Reyes 7:9
E.g., Rom 11:28; 1 Cor 4:15.
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